Ok, lo reconozco. Nunca he sido precisamente muy amiga de los niños, porque me hartan la paciencia con facilidad. No tengo mucha tolerancia con las malas prácticas que se están tomando hoy por hoy el antes inocente mundo infantil: el llamar la atención a cada rato, el hacerse los lindos para que alguien les diga "qué lindo niño" o la capacidad de manipular, chillar y llorar por un cierto beneficio. Y sé que me tendré que tragar estas palabras si alguna vez nace un Ale o Fepe Jr. Pero lo que es una mala onda casi natural pareció perseguirme en el viaje de vacaciones. Comencemos por el avión con la mamá que le hizo fiesta a su guagua para que gritara a niveles inaudibles un par de filas más atrás, donde estaba el resto de la familia. Y claro, hasta la azafata estaba haciéndole fiestas al angelito. Y mientras más gritaba a la mamá, más gritaba la niña. Para seguir, tenemos al par de niños de 3 y un año respectivamente, cuyos padres pensaron que resistirían un tour de varias horas por la ciudad. Evidentemente, y para frustración de todos, los niños se aburrieron para chillar y llorar lo que quedaba de viaje. O del niñito que se le ocurrió correr por toda la casona (de madera) en hora de siesta, para no hallar nada mejor que cerrar la traba de nuestra puerta por fuera.
Pero pensando un poco, el de la carencia no es el niño, sino el padre.
Es el padre el que necesita llamar la atención de todo el avión. Es el padre el que quiere pasear en tour y no quiere que sus hijos se lo impidan aunque por ensayo y error debería haber notado lo que pasa con un niño encerrado 4 horas en un bus. El papá que decide desconectarse del niño y dejarlo correr a sus anchas.
Pero creo que lo peor es la actitud que tomo yo, y otros más. No me gusta reclamar, porque entiendo que ser padre 24/7 es una actividad desgastante. Y quedar como el Ogro del cuento o darle lecciones a otro sobre cómo ser algo que no soy, para que después me caiga el escupo del cielo, es algo que no quiero que me pase. Pero por mientras, los papás con serios problemas de ubicación, que esperan que otros tomen temporalmente una tarea que ellos tienen abandonada a su suerte, está siendo plaga.
Mi sensación principal es que la mayoría de los que están teniendo hijos son aquellos a los que los hijos les "llegan" por error, mandato divino o porque así es la vida no más, mientras los que estamos más capacitados en edad y económicamente tratamos de no tenerlos. En otras palabras, estan los que no la piensan nada, y los que la piensan demasiado. ¿Donde están los padres responsables felices? Son los menos, y se nota. Mientras los pobres niños son tirados a su suerte o sobreprotegidos, necesitan llamar la atención a toda costa sea por costumbre o necesidad.
Y todos pagamos por ello. Aunque sea en vacaciones.
3 dijeron algo más:
Me pasa lo mismo. Y lo peor es cuando van a tu casa con el enano y se dedicn a pasarlo bien, mientras el enano corre por tu casa, intruseándolo todo y corriendo peligro las cuatro horas que dura el carrete en cuestión. ¡Y quién se jode corretiándolo? uno pues! porque la mamá se hace la hueona! Grrr!
Es como un documental que vi, los idiotas gobernaran a tierra ya que se reproducen más rápido y nos molestan la vida al resto, ya que como expusiste los que podríamos tener hijos preferimos enfocarnos en otras cosas, como estudios o ascensos.
Deberían ser como una amiga, mantiene a su cabezón atado a la cintura para que no moleste.
Un abrazo
En mi experiencia de idiota alegón, retar a un niño ajeno siempre te hace ser el malo. Retar a los adultos responsables del niño por su evidente falta de civismo y escasa aptitud de crianza puede ser aun peor. Suma a esto que uno, por decencia, no puede - o no debe - humillar a un padre frente a su hijo.
A un adulto que te empuja el asiento por una hora en un bus uno va, se da la vuelta y le advierte que está a dos empujones de que le arreglen los dientes y problema solucionado. Haces eso con niños de por medio y al que se los arreglan es a ti.
Creo que mucho de esa mala crianza está en la falta de charchazos. A mí me los daban de tanto en tanto, siempre bien argumentados - lo que es importantísimo - y gracias a eso me portaba como todo un caballerito. "Dijecito, el niño", decían las viejas por la calle.
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