Los taxistas son una raza especial. Aunque más que especial, es típicamente chilena: no les gusta que uno los mande, hasta que no hay remedio porque tienen que saber dónde van.
Mi relación con los taxistas comenzó desde que comencé a trabajar y, viaje mediante, tenía que pedir mi radiotaxi y llegar al avión o bus para faena. Los hay conversadores, lectores de caras y gestos, buenos para las declaraciones de principios y callados. En lo general prefiero a estos últimos: el que no habla a menos que uno le pregunte algo, ¡porque es lo peor cuando tienes ganas de ir callada y que no entiendan eso!
Las veces que hablo con ellos me llama la atención cómo con pocos detalles puede hacer uno una descripción completa de alguien, sólo por subir a su taxi. Los hay extremadamente cuidadosos con su auto, los hay buenos para correr, existen los que mantienen las ventanas abiertas en invierno y verano sin preguntarte si estás aburrida de comerte el pelo o morirte de frío. Los hay cascarrabias, tranquilos, muy cultos, prácticos...
A la profesión de taxista se llega por casualidad: nadie quiere ser taxista cuando es niño. Pero los que la conocen tienden a agarrarle el gusto: ganar lucas siendo tu propio jefe y escuchando historias. ¿Quién no querría eso? Y ese entusiasmo lo pegan a quien llevan. Yendo en un taxi al trabajo es la mejor manera de comenzar el día: no sólo por lo felices que son ellos haciendo su propio trabajo, sino por esa pausa y relajo inmediato que vienen subiendo a la intimidad de un auto propio por un par de munutos.
Los adoro a todos, incluso a los cascarrabias. Porque me enseñan que con algo tan básico como mover un auto se puede estar contento. Porque hay gente diferente, porque escuchan música distinta a que tengo en el mp4. Y porque frente a la orden más difícil, ellos no pierden lo que más adoran: su independencia.
1 dijeron algo más:
yo también los amo! y muchos son terapeutas también...y cada historia que tienen! ufff...
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