
Me sorprende la cínica limpieza y blancura de los hospitales. Son todos luminosos, con amplios pasillos de colores pasteles y amplias puertas inmaculadas. Quienes trabajan ahí son silenciosos y taciturnos, pálidos y delgados la mayoría de las veces.
Dentro de cada pieza, las manchas, la enfermedad. La blancura se rie a mandíbula batiente.
Esto está terminando... o recién comienza.
Bienvenida incertidumbre.
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