(Haré un esfuerzo por no quejarme y no hablaré del exceso de pega, salvo ahora que relato mi esfuerzo. Please, denuncie lo contrario).
Estos últimos días, por error de la balanza que se echó a perder y me tiró 4 kilos inexistentes, he estado pedaleando en mi bici estática más seguido. Ok, no es como la calle, pero considerando que vivo en el cruce de dos grandes avenidas en un lugar donde las 4x4 ponen la ley de la Selva, es la mejor opción. Y he descubierto un nuevo hobby: mientras hago algo, ponerme a ver películas de Hitchcock. En especial, "Marnie" y "Psicosis".
A pesar que no le tengo mucha buena al color Technicolor-chillón de algunas, las películas estas me atrapan en su mezcla de historias de amor con giros macabros, el grito (sin ser de terror, propiamente) al final de la esquina y la cantidad de secretos que esconden cada uno de sus personajes. Ninguno es agradable, por cierto. Todos tienen su maña. Pero ante todo, se ve algo que ya no se ve: las mujeres son criaturas que necesitan ser defendidas y los hombres unos cínicos que pueden mandar un combo seco sin moverse una mecha.
A veces, por más evolucionada que uno se las de, necesita la onda de "Yo Tarzán, tú Jane". Creo que es algo arraigado en los genes. Pero el problema de hoy es que no sabemos decidirnos si queremos un troglodita o un macho domesticado. Las opciones son tantas que a veces no nos decidimos por cuál queremos. Es que como no nos escuchamos mucho y siempre tendemos a valorar la opinión ajena a la propia, no tenemos mucha idea qué queremos. E inevitablemente tendemos a veces a parecernos a las mujeres de Hitchcock: llenas de secretos y sorpresas, pero indefensas. Y quizás por ello más seductoras.